Casi siempre la primera pregunta que nos hacen es cuál producto usar. Tiene sentido: el piso ya está dañado, se ve feo o se está desprendiendo, y lo que se quiere es una solución. El problema es que ahí no empieza la decisión.
Antes de pensar en color o en tipo de acabado, hay que resolver dos cosas: La primera es simple de preguntar, pero no tanto de contestar: ¿cómo está la superficie hoy? Un piso de concreto que se coló bien, sin fisuras ni contaminación de grasa o aceite, acepta prácticamente cualquier sistema. Uno con humedad ascendente, grietas activas o residuos químicos acumulados durante años no.
Ponerle el mismo epóxico a los dos casos suele ser la razón por la que un piso dura diez años y otro se levanta en tres meses. Por eso el diagnóstico va primero: perfil de anclaje, humedad del sustrato, qué tanto aguanta esa base antes de recibir cualquier recubrimiento.
La segunda pregunta tiene que ver con el uso real que le vas a dar. No exige lo mismo un piso de bodega donde entran montacargas todo el día, que uno de área de proceso donde hay que lavar con químicos varias veces al turno, o un piso de oficina donde lo que importa es que se vea bien y no se manche. Cada uso jala para su lado: resistencia mecánica, resistencia química, continuidad higiénica, en algunos casos hasta conductividad si es zona ESD.
Cuando ya sabes en qué condición está tu piso y para qué lo necesitas, elegir tu sistema es mucho más sencillo.
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